Leyenda Cubana ROMPIÓ SILENCIO de muchos años

Hoy he cumplido la deuda de dos padres míos, el biológico y el adoptivo Ismael Sené, de conocer en persona a una de las grandes leyendas del pitcheo cubano Manuel Hurtado.

A él, a su hija y a Ian Padrón les agradezco por esta gran oportunidad de conversar y compartir una mañana que desde ya será histórica para mí.

82 años y a Dios gracias ESTÀ ENTERO quien fuera la gran figura del pitcheo de Industriales en aquellos años 60.

Lamentablemente cada vez quedan menos que disfrutaron de esa tremenda curva y recta lanzadas con su memorable doble wineup y su mítico número 20.

Gran cierre de estancia por Miami para mí. ❤️❤️❤️

Manuel Hurtado López, conocido como “Manolito” o “El Reglano”, es una de las leyendas más subestimadas y respetadas del pitcheo cubano. Nacido el 19 de agosto de 1942 en Regla, La Habana, Hurtado representó la excelencia técnica y la resiliencia en una época donde el béisbol cubano se consolidaba como amateur bajo el nuevo sistema.

Su trayectoria, marcada por una curva dominante, inteligencia en la lomita y un control excepcional, lo convirtió en el primer gran as de los Industriales y un ídolo popular que trascendió estadísticas.

A los 17 años, en 1959, el scout Joe Cambria de los Washington Senators le ofreció contrato para las Grandes Ligas, pero su padre decidió postergarlo por su juventud. Poco después, la Revolución abolió el béisbol profesional, y Hurtado quedó en Cuba, donde debutó en la Serie Nacional en la temporada 1962-1963 con el equipo Habana (predecesor de Industriales). Bajo la dirección de Ramón Carneado, se convirtió en pilar de la dinastía azul: cuatro títulos consecutivos entre 1963-1964 y 1966-1967. En 1963-1964 lideró la SNB con 6 victorias (empatado con Román Águila), y en 1965 ganó el Juego de Estrellas.

Su carrera abarcó 12 temporadas (1962-1973), con récord de 90-47 (.654 de victorias), efectividad de 1.80 —tercera mejor histórica en SNB, solo detrás de José Antonio Huelga (1.50) y Roberto Valdés (1.75)—, WHIP por debajo de 1.00 y promedio de bateo permitido de .200. En una era de pitcheo dominante, estas cifras lo colocan entre los élite.

El 10 de enero de 1970 estableció un récord cubano pos-1959: 10 ponches consecutivos contra Matanzas (luego completó 12 en 13 bateadores). En 1970-1971 logró la mejor efectividad de un pitcher con +100 innings en la era Castro: 0.67 en 107⅔ entradas.

A pesar de su excelencia, Hurtado enfrentó exclusiones sistemáticas del equipo Cuba. En su pico (finales 60 y principios 70), Cuba compitió en Panamericanos, Centroamericanos 1966 y Mundiales 1969-1971, pero no lo incluyeron. Sospechas de “deslealtad” o posible deserción lo marginaron.

En 1970, gracias a presión pública, integró la selección: ganó oro en el Mundial de Cartagena (2-0, 0.00 ERA como relevista) y en los Centroamericanos de Panamá (1-0, 0.00 ERA, 9 ceros a Puerto Rico). Solo jugó dos torneos internacionales, y él mismo dijo: “Le debo al público el haber jugado dos veces con la selección Cuba”.

Una anécdota emblemática ilustra las tensiones: en un partido de preparación, tras ser excluido de la preselección, lanzó por Regla contra el equipo Cuba y colgó cinco ceros consecutivos. El comisionado Jorge García Bango ordenó sacarlo por temor a un blanqueo embarazoso.

Hurtado padecía asma y usaba inhalador en juegos, detalle que humaniza su figura. Sus duelos con Manuel “El Cobrero” Alarcón (Oriental) son legendarios: considerados entre los mejores de la historia cubana. “Alarcón fue el mejor de nuestra época y uno de los grandes de todos los tiempos”, reconoció Hurtado.

Retirado en 1974, fue entrenador de Industriales hasta 1980. En 1989 emigró a Miami (EE.UU.), donde reside desde 1990. La decisión se precipitó por decepciones acumuladas, incluyendo un mitin de repudio y exclusiones. En Miami, vivió discretamente, pero su legado perdura: Orlando “El Duque” Hernández lo citó como inspiración (“Fue un honor seguir sus pasos”).

A sus 83 años (en 2026), Manuel Hurtado es un caballero del béisbol cubano: técnico, humilde y resistente. No tuvo el brillo internacional de generaciones posteriores, pero su curva, control y récords lo inmortalizaron. Como dijo en entrevistas: su carrera fue hermosa, aunque soñó con MLB. Un flaco que metía miedo, un ídolo de multitudes y una gloria eterna de Industriales y la pelota antillana.

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